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El vacío en mi existencia: Una crónica de vida TLPiana

Mi abuelo se quitó la vida antes de que mi mamá pudiera conocerlo. Mi mamá, cuando su primera pareja la dejó, tomó una botella de cloro. Desde entonces, parece que fantasea con la muerte como si fuera una salida al dolor que ronda su existencia.

Y yo… yo ni siquiera encuentro alivio en la idea de morir.

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Sé que, cualquier día de estos, podría saltar desde mi balcón en el quinto piso, balancearme sobre el barandal y esperar que, antes del impacto, mi cerebro ya se haya apagado para no lidiar con el trauma. Podría tomar todas mis pastillas con la esperanza de que, al menos por una semana, pueda descansar de estos sentimientos que me arrollan y no me dejan en paz. También podría dejarme atropellar por un auto, aunque esa es la forma menos glamurosa de morir. Si alguna vez decido irme, al menos tendrá que ser con The Idiot de fondo… o, mejor aún, con Ultraviolence, para equiparar el acto con mi vida.


Pero al final, nada suena lo suficientemente tentador cuando sé que ni siquiera en el descanso eterno encontraría descanso.


Quisiera desprenderme de esta tristeza que me habita desde que tengo memoria. No conozco otra versión de mí que no cargue cierto pesar. Supongo que tendré que aceptar que incluso mi felicidad viene acompañada de pena, nostalgia, falso apego y vacío. Vacío que me sigue en mis triunfos y en mis fracasos, cuando estoy bien y cuando no. Es un despertar insoportable en un mundo donde lo siento todo al mil por ciento, pero lo único que elijo es la melancolía… porque solo con ella me siento viva.

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A veces me pregunto si algún día dejaré de ser esta versión de mí: apagada, a medio sentir, con el peso del mundo en los pies y un dolor que se aferra a mis entrañas. Una versión que no encuentra refugio en las emociones positivas y que, en cambio, las rechaza con repudio. Pero siempre llego a la misma respuesta: no. Por más que trabaje en mí, esta es la única versión que se mantiene constante.


No puedo hacer otra cosa más que aceptarla, abrazarla y reconocer que el dolor me llena, me mueve, me da propósito, aunque al mismo tiempo me apague. Y en esta fragilidad, reconozco mi fortaleza.


Ahora parece no haber nada que me rescate. Solo soy yo, mi fragilidad y mis pocas ganas de sostenerme contra el mundo.

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