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Después de mi diagnóstico de TLP, no fue el fin sino el principio

Por Jenyffer Martínez



Cuando recibí el diagnóstico de Trastorno Límite de la Personalidad (TLP), tenía 30 años. Para entonces ya había recorrido un camino lleno de ansiedad, depresión, bulimia, y otras conductas autodestructivas. Todo eso, sin saber qué me pasaba realmente. Me sentía fuera de control, atrapada en emociones que me desbordaban y en relaciones que no lograba sostener. Durante mucho tiempo creí que era simplemente “demasiado emocional”, “inestable” o que había algo irremediablemente mal en mí.

El diagnóstico, lejos de hundirme, fue una puerta. Ponerle nombre a mi sufrimiento me ayudó a dejar de culparme. Pero, sobre todo, me permitió buscar ayuda y comenzar un proceso de sanación. En ese camino, uno de los libros que más me ayudó a comprenderme fue “Te odio, no me abandones”, de Jerold J. Kreisman y Hal Straus. En él se explican con claridad los nueve criterios para el diagnóstico del TLP, tal como los establece el DSM-5.

El manual indica que, para recibir este diagnóstico, deben cumplirse al menos cinco de los siguientes nueve aspectos. A simple vista, pueden parecer desconectados, pero en realidad están profundamente entrelazados. En mi caso, leerlos fue como mirar hacia adentro con una linterna por primera vez. A continuación, te comparto cada uno.


1. Esfuerzos desesperados por evitar el abandono (real o imaginado):

Durante años, viví con un miedo constante a ser dejada. No importaba si alguien me decía que me quería o que estaría conmigo: mi mente encontraba formas de convencerse de que el abandono era inminente. Eso me hacía reaccionar con angustia, con súplicas, con silencios prolongados o con rabia. Era una lucha interna desgastante y dolorosa.

2. Relaciones interpersonales inestables e intensas:

Mis vínculos solían ser un torbellino. Idealizaba a las personas muy rápido, creyendo que eran todo para mí, y al menor conflicto, las desvalorizaba. Me costaba mantener relaciones estables porque lo sentía todo en extremos: o amaba con intensidad o sentía un rechazo total. Esto me dejaba agotada, confundida y culpable.

3. Alteración de la identidad:

No tener una idea clara de quién soy ha sido una de las sensaciones más desconcertantes. Mis gustos, valores, metas o incluso mi forma de vestir cambiaban según con quién estuviera. Me costaba verme como una persona con una identidad propia. Era como si no hubiera un “yo” constante, solo fragmentos.

4. Impulsividad potencialmente autodestructiva:

He vivido episodios donde la impulsividad tomaba el control: abuso de medicamentos, atracones de comida, conductas que luego me generaban vergüenza y culpa. Era una forma de apagar el dolor interno por unos minutos… aunque después todo doliera más. No sabía regular mis emociones, y eso se manifestaba en conductas dañinas.

5. Comportamientos suicidas o autolesivos recurrentes:

Hubo momentos en los que sentí que no podía más. Que el dolor era insoportable. Intenté hacerme daño, no porque quisiera morir exactamente, sino porque no sabía cómo seguir viviendo con tanto peso. Hoy entiendo que esos momentos eran gritos desesperados por alivio, por contención, por sentido.

6. Inestabilidad emocional:

Mis emociones eran como una montaña rusa sin frenos. Pasaba de la euforia al llanto, de la calma a la ira, en cuestión de minutos. Cualquier cosa —una palabra, un silencio, una mirada— podía desatar una tormenta emocional. Vivir así era agotador, pero también muy solitario y muchas veces ni yo entendía qué me pasaba.

7. Sentimientos crónicos de vacío:

Aunque estuviera rodeada de gente, me sentía vacía. Un hueco en el pecho que no se llenaba con nada. Esa sensación de estar desconectada de mí misma y del mundo, de no encontrarle sentido a nada, era una constante que me acompañaba desde hacía años.

8. Ira inapropiada o dificultades para controlarla:

Explosiones de enojo, reacciones desmedidas, palabras que luego me dolían. A veces era como si la rabia se apoderará de mí y me convirtiera en otra persona. Y después venía la culpa, el miedo a haber dañado a alguien más. Me costaba pedir perdón, pero aún más, perdonarme a mí misma.

9. Ideas paranoides transitorias o disociación:

En situaciones de mucho estrés, he llegado a sentirme desconectada de la realidad, como si estuviera mirando mi vida desde fuera. También he dudado de las intenciones de los demás, pensando que me estaban engañando o queriendo hacer daño. Es una sensación inquietante, como si mi mente me jugara en contra.

Contarte esto no me avergüenza. Al contrario, lo hago con la esperanza de que, si te ves reflejado o reflejada en alguno de estos síntomas, sepas que no estás solo. Que hay ayuda. Que acudir con un psiquiatra no es un signo de debilidad, sino de valentía. Que un diagnóstico no es una sentencia: es una brújula.

Hoy sigo en proceso. A veces me caigo, pero ya no me quedo abajo tanto tiempo. He aprendido a pedir ayuda, a sostenerme con más compasión, a poner límites. No es fácil, pero es posible.


Y quiero que sepas que tu vida vale. Que tú también puedes encontrar el camino.

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